MONOLINGÜISMO EN EUROPA

Son monolingües son los anglófonos de las Islas Británicas, sobre todo, y también pueden serlo los hablantes de español, francés, portugués, italiano, alemán y ruso.

Para el londinense, la lengua familiar coincide con la nacional, la internacional y la vehicular. Solo necesita una. No sienten la necesidad de ser diestros en lenguas extranjeras, y ni siquiera torpes. Ni las conocen, ni desean conocerlas. Para los anglófonos el estudio de una lengua extranjera es una decisión exótica. Ya se encargan los demás de aprender inglés. Gozan con una sola lengua de la mayor capacidad comunicativa de historia gracias a su expansión por el mundo como lengua vehicular.

Las lenguas vehiculares aparecen con espontaneidad cada vez que una comunidad plurilingüe las necesita. Así se erigió el griego por el Mediterráneo, el suajili por el centro de África, y ahora el inglés por el mundo. Nadie lo ha autorizado, ni le ha otorgado privilegio, ni lo ha señalado como útil, pero al mismo tiempo lo hacemos todos, que es lo que suele suceder con los cambios lingüísticos.

Para hispanófonos, francófonos, italianófonos, lusófonos, rusófonos y germanófonos el inglés es una lengua complemento, pero no absolutamente necesaria. Ni la hablan y usan de manera generalizada ni necesitan hacerlo.

Una noticia reciente titulaba así su información: España, el segundo peor país de Europa en nivel de inglés. El periodista se equivoca. Los hispanohablantes tenemos una lengua que cubre ampliamente nuestras necesidades de comunicación. Debería haber titulado así: España, el segundo país de Europa que menos inglés necesita.

El español es lengua internacional y universal, y tan cargada de tradición que satisface ampliamente las necesidades de sus hablantes. Es conocida la unánime demanda por estudiar inglés, pero también español, francés, alemán, italiano, portugués y ruso.  Y lo poco internacionales que resultan el resto de lenguas europeas.

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IGUALDAD Y DIVERSIDAD DE LAS LENGUAS DE EUROPA

Todas las lenguas son iguales, lo sabemos. Los individuos también. Pero no todos los individuos, ni las lenguas, tienen asignados los mismos usos. Nos gustaría que la igualdad dominara el mundo, pero no es así. Tenemos la obligación, mientras tanto, de definir situaciones reales, y no escenarios idílicos. Ningún poder político tiene en sus manos modificar los hábitos lingüísticos de los hablantes, altamente sabios y naturales en la elección.

Por eso encontramos distintos tipos de usuarios en relación al número de lenguas necesarias para la comunicación. Cada hablante, cada situación, es única. Por eso la tipología de la siguiente clasificación no es rigurosamente exacta. No pretende, por tanto, unificar a los hablantes, sino mostrar las necesidades en función de la lengua o lenguas recibidas.

Cinco son los tipos de hablantes europeos:

a) Monolingües

b) Bilingües iniciales

c) Bilingües avanzados

d) Bilingües superiores

e) Ambilingües + bilingües

 

a) MONOLINGÜES

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Los únicos hablantes europeos exclusivamente monolingües son los anglófonos de las Islas Británicas. Allí, y también en Estados Unidos, el estudio de una lengua extranjera parece decisión exótica. En las universidades anglófonas  los departamentos de lenguas extranjeras apenas acogen al diez por ciento de los estudiantes porque quien hereda el inglés no siente la necesidad de estudiar otras lenguas ni siquiera para entenderse con los demás, son los otros quienes aprenden la suya. Y no por eso tienen limitada la comunicación, muy al contrario, gozan de la mayor capacidad comunicativa que lengua alguna tuvo en la historia de la humanidad.

El inglés ha alcanzado un nivel de uso tan privilegiado por su condición de lengua vehicular. Las lenguas vehiculares aparecen con espontaneidad cada vez que una comunidad plurilingüe las necesita. Así se erigió el griego por el Mediterráneo, el suajili por el centro de África, y el inglés por el mundo entero. Nadie lo ha autorizado, ni le ha otorgado privilegio, ni lo ha señalado como útil, pero al mismo tiempo lo hacemos todos, que es lo que suele suceder con los cambios lingüísticos. Los locutores, en grupo, elegimos y concedemos, sin ponernos de acuerdo, el valor que mejor se ajusta a las necesidades.

Los europeos usamos el inglés como lengua vehicular, y no el alemán, ni el francés, ni el español, ni el italiano, ni el latín, que tuvieron en otras épocas sus espacios. El nivel de inglés no siempre necesita ser el mismo.

Y recordaremos a la lengua rusa, tan ajena en esta parte de Europa y tan implantada en el este, fue lengua de hablantes monolingües hasta la caída de la unión soviética, y desde entonces ha sufrido un serio retroceso en los países del Este europeo que la usaban como vehicular y que, salvo excepciones, ahora sustituyen por el inglés.

 

b) BILINGÜES INICIALES

bilingues inicialesQuienes tienen en Europa como lengua propia al español, portugués, francés, italiano o alemán tienen al inglés en los planes de enseñanza como lengua principal adquirida, pero aunque alcanzan altos niveles el uso que mantienen es tan moderado como sus necesidades.

Una noticia reciente titulaba así su información: “España, el segundo peor país de Europa en nivel de inglés.” Como tantas otras veces, el periodista cae en el tópico. Parece ignorar que los hablantes de español tenemos una lengua que cubre ampliamente nuestras necesidades de comunicación. Lo correcto sería decir que nuestro nivel de inglés es, sencillamente, el que necesitamos. Los españoles somos bilingües en bajo grado, con inglés inicial o intermedio, y con un montón de confusiones frente a las lenguas nacionales. Sin embargo, un titular tan evidente como improbable podría ser el siguiente: “Los vascos tienen un dominio total y absoluto de la lengua española.” Y mucho menos si subtitulara: “Solo el 20% de la población de Euskadi tiene al vasco como lengua propia.” Y concluyera: “Para el 80% de los vascófonos el español resulta una lengua mucho más útil, y para el veinte por ciento restante, también.”

El español, lengua de moda en Europa en la época imperial, es lengua internacional y universal, y segunda de la humanidad. Tan cargada de tradición que satisface ampliamente las necesidades de sus hablantes.

El francés fue lengua vehicular durante los siglos XVIII y XIX hasta ser desplazada por el inglés, y todavía ocupa un lugar privilegiado, aunque decadente. Su transmisión familiar nunca existió o se desarrolló poco.

El portugués, lengua de exploradores, tiene una dimensión internacional irrefutable.

El italiano se tiñó de elegancia en el renacimiento, y esa clase, esa fineza, ese estilo envidiable, lo conserva en todo su esplendor.

El alemán es la gran lengua de Europa si no fuera por la dimensión internacional del inglés, y porque sus hablantes fueron perdedores en las grandes guerras. Me pregunto la dimensión que tendría si Hitler hubiera logrado organizar su imperio. O si Estados Unidos hubiera permitido que los rusos invadieran Europa. Esto es lingüística ficción, es verdad, pero claro, a la vista de lo que sucedió otras veces bien podríamos todos los europeos tener una lengua común, el alemán, o el ruso, y otras tradicionales  condicionadas al conocimiento de una de esas dos. En este caso los hablantes de gallego, por ejemplo, necesitarían tres, la propia, el castellano y la imperial. La idea no tiene nada de estrambótica, pues los hablantes de tres lenguas propias se encuentran con frecuencia en Asia y África.

Recordemos que desde hace solo unas décadas los hablantes de ruso pertenecen a ese grupo de europeos que necesitan añadir algo de inglés para completar sus necesidades de comunicación.

c) BILINGÜES AVANZADOS

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Polacos, checos, húngaros, rumanos, serbocroatas y griegos necesitan un amplio uso del inglés. Por eso en sus universidades no se toman a broma la asignatura como en España o Francia. Buena parte de su formación deben hacerla en inglés porque la tradición científica en sus lenguas y las traducciones del inglés resultan insuficientes.

 

d) BILINGÜES DE NIVEL SUPERIOR

Bilingues nivel muy altoY un nivel todavía más elevado de una lengua extranjera necesitan los hablantes de noruego, sueco o danés, y menos, aunque bastante, los de holandés. Para ellos el inglés es, en su integridad, la lengua de ampliación cultural.  De la misma manera que el ruso para los letones, lituanos, que en los últimos años hacen serios esfuerzos para remplazarlo por el inglés. No es el caso de bielorrusos y ucranianos, que tienen como lengua cultural al ruso. En ninguno de estos dominios necesariamente bilingües se ha desarrollado sentimiento patriótico alguno en busca de transformar su lengua propia y expulsar las extranjeras. Conscientes de la necesidad del ruso o del inglés, lo usan. En Minsk, capital de Bielorrusia, se ofrecen las clases a los estudiantes de enseñanza en ruso con apoyo de la lengua nacional, y en bielorruso con apoyo de ruso. Las familias, conscientes del futuro de sus hijos, las eligen mayoritariamente en ruso.

 e) AMBILINGÜES (dos lenguas propias) + Inglés según segunda lengua

lenguas europeas condicionadasY llegamos al grupo de hablantes europeos que heredan alguna de las treinta lenguas señaladas en el mapa o de la larga decena de lenguas no señaladas. Estos hablantes lo son, necesariamente, de dos lenguas. La familiar resulta insuficiente. Son, para diferenciarlos de los otros, hablantes ambilingües porque desarrollan la misma competencia en ambas lenguas y si fueran monolingües en la familiar se encontrarían limitados.

El ambilingüismo no es una moda contemporánea, sino una transición obligatoria en los cambios lingüísticos. Cuando los romanos se propusieron, y luego consiguieron, hacer de Hispania una provincia más de su imperio, se instalaron en un territorio que fue primero ambilingüe íbero-latino, y luego los hablantes se quedaron con la lengua más útil y fueron olvidando el íbero hasta su desaparición.

La lengua condicionada por lo general, sufre un proceso de enfermedad más o menos grave que ha de acabar con la muerte. Así está sucediendo, por ejemplo, con el labortano y el suletino, que son lenguas vascas habladas en el sur de Francia y preparadas para su extinción porque sus hablantes prefieren convivir, sin remilgos, en francés, que es la lengua útil. En las variedades vascas hispanas, sus habitantes, sin embargo, parecen mostrar mayor arraigo a la lengua de sus antepasados con independencia de la universalidad, de la utilidad o de otros principios que siempre han inspirado a los pueblos.

Las lenguas condicionadas carecen de hablantes monolingües. No es una decisión de la naturaleza, sino de las circunstancias, de la evolución histórica de los territorios y de las gentes. La condición de hablante de dos lenguas maternas o nativas o propias no es una elección, sino un legado, una herencia.

Esta es la situación natural a la que hemos llegado los hablantes europeos del siglo XXI.

Es verdad que la vieja y bella Europa, que tuvo cierta unidad lingüística con los primitivos indoeuropeos, que tuvo amplio entendimiento con el celta antiguo, o al menos eso es lo que suponemos,  y con los romanos, que eso está mejor atestiguado, es hoy un laberinto de estados y estadillos, lenguas y hablas,  unas junto a otras y unas sobre otras, sin que nadie sepa lo que habría que hacer para un mejor entendimiento.

¿Cómo atenuar el galimatías? ¿Cómo entendernos desde el respeto a todas las lenguas o con la selección de una o alguna de ellas? ¿Cómo liberarnos de los obstáculos de la babelización?

La primera solución, en una mirada que parecería lógica, podría ser el establecimiento de una  lengua común vehicular que se añada a la propia o las propias, que todos los europeos conozcan y que, por necesidades evidentes, se institucionalice como lengua oficial internacional. Pero eso es, a mi parecer, inviable. Los hablantes no obedecen órdenes. Ellos mismos se las arreglan para resolver las necesidades de comunicación cuando son  necesario comunicarse.

La segunda podría ser el respeto a las sesenta lenguas europeas, a todas, o tal vez a más de sesenta. Se hace necesario para ello una coordinación y un buen sistema para la traducción e interpretación Es verdad que las modernas técnicas podrían facilitarlo, pero de momento no perece viable.

Y la tercera, considerando que las lenguas son bienes naturales del hombre, dejar que sea la propia necesidad natural la que nos saque del embrollo, aunque este tercer procedimiento sea tan lento y complejo como imprevisible.

Acerca de cómo se evoluciona hacia una lengua común, puede leerse el siguiente artículo: Hacia una lengua común en Europa.

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Origen y actualidad de las lenguas de Europa

En Europa se hablan unas  sesenta lenguas. Algunas tan recatadas como el bretón, otras tan soberbias como el inglés, y otras tan imposibles de contabilizar como el catalán y valenciano, que pueden ser dos o una, o el serbio y el croata. Y no digamos nada acerca de si algunas como el aragonés o el castúo deben o no ser consideradas como lenguas.

En Europa se inscriben cincuenta países, algunos tan menudos como Luxemburgo, otros tan vastos como Rusia; y otros de dudoso europeísmo como Turquía, Armenia, Azerbaiyán, pues más parecen asiáticos por su geografía, a los que se suman Chipre, Georgia y Kazajistán.

En Europa viven con suficiencia, sobreviven o malviven setecientos cincuenta millones de almas, la décima parte de la población mundial. Unos muy bien acomodados, otros sueltos y otros muchísimo menos libres.

Mapa batallas EuropeasEuropa pende de un pasado turbulento de guerras injustas, de batallas tan crueles como inútiles, de insidias y ultrajes, de conmemoraciones de guerras donde unos patriotas victoriosos aniquilaron a otros patriotas, pero del país vecino. No podemos evitar ese ardor huraño que incentiva la singularidad de los nuestros mientras desatiende todo aquello que pertenece a los otros, y desprecia o menosprecia la integración.

Muchas generaciones atrás, por los tiempos en que los sumerios se instalaban en las ciudades y los egipcios levantaban su imperio, nuestros antepasados hablaban indoeuropeo, la misma lengua que, fragmentada en muchas otras, seguimos hablando hoy.

Los hablantes de aquel antiguo idioma procedían del norte de Mesopotamia y se extendieron por Eurasia. Como no sabemos darle nombre, y tal vez tampoco ellos se lo dieron, la llamamos con la voz latina Indus, préstamo del griego Ἰνδός (de la india); y europeo, a partir de la voz Europa, también tomada del griego.

La lengua griega, primera de la humanidad dotada de un sistema de escritura fácil de aprender y de gran utilidad, y fuente de la cultura occidental, sirvió para el desarrollo del conocimiento científico y literario y fue expandida por los propios colonizadores, y también por el general macedonio Alejandro Magno, que distribuyó el griego por el Mediterráneo, lengua que sirvió para el desarrollo de un brillantísimo periodo cultural conocido como helenismo.

Pues sí. A pesar de las diferencias, que hoy resultan insuperables, todas las lenguas europeas actuales, excepto siete, son la misma, pues proceden del mismo tronco. Resultan ser variaciones del antiguo indoeuropeo a pesar de que no haya manera de que un polaco se entienda con un alemán, ni un ruso con un francés.

Lenguas no indoeuropeas en EuropaLas lenguas no indoeuropeas, las incrustadas entre quienes pertenecemos a la misma, son el finés, lapón, estonio, carelio y húngaro, de la familia fino-húngara, Y el vasco, que ha sobrevivido solitario a las convulsiones y, lógicamente, fragmentado. A las que añadimos el turco, vivo y activo desde que Constantinopla fuera conquistada por los otomanos.

Una lengua, hija de aquel indoeuropeo primitivo, el celta o proto-celta, que a su vez habría de fragmentarse, fue, hace unos cuatro mil años, la más extendida en nuestro hogar europeo. Deberíamos tener muestras escritas, pero aquel pueblo de magos y magia prefirió un soporte para la escritura muy poco fiable, la memoria, con fecha de caducidad tan repentina como imprevisible, y, por tanto, expuesta a la desaparición antes de ser transmitida. Y aunque redactaron, según parece, cientos de textos memorísticos, nos han dejado muy poco, casi nada.

En la actualidad solo cuatro lenguas celtas sobreviven o malviven. Su estado es esencialmente débil. Parecen, a todas luces, irremisiblemente condenadas. ¿Qué pasó con las lenguas celtas? Pues que fueron reducidas por pueblos invasores. Primero por hablantes de latín que los aniquilaron y sometieron. Lo contó el propio general en La guerra de las Galias, libro que esconde una obscura crueldad que nos hemos acostumbrado a perdonar. Y años más tarde por los anglosajones llegados a las islas Británicas desde el continente.

Quedaron reducidos en los dominios que todavía dan cobijo al irlandés, escocés y gales. Otros pueblos celtas huyeron al continente antes de ser aniquilados. Sus descendientes habitan ese rincón de Francia cercano a las islas y hablan bretón.

extensión del latínHace unos dos mil años la lengua europea más hablada, escrita y útil era el latín. Tan grande fue su fuerza cultural que se mantuvo, tras su lenta desaparición, en la transmisión oral, y con tal variedad de herederas que desde entonces ninguna ha conseguido sobreponerse a las otras, aunque algunas, sin que nadie las impusiera, sí pudieron añadirse a las vecinas para unificar algunos dominios que, aun conservando la propia, añadieron otra.

Así  sucedió en Italia, donde el toscano eclipsó como lengua de transmisión cultural al lombardo, veneciano, piamontés, genovés, calabrés, corso, siciliano y otras… Y extendido por toda la península dejó de llamarse toscano para acoger a todos los hablantes que lo hicieron lengua propia y que lo llamaron, sin que nadie se molestara, italiano.

Y en Francia, el franciano pasó a ser el frances para todo el país. Lo protegió revolución francesa. Consideraron que, en busca de la igualdad, todos los franceses deben disponer de bienes, y también del instrumento de comunicación más útil. Así fue como los hablantes de picardo, lorenés, gascón, lemosín y provenzal, entre otros muchos, hicieron del francés de París su lengua propia, tan propia como la heredada en el seno familiar. Y como propia, y orgullosos de ella, la transmiten a sus herederos.

Y de la misma manera el castellano, como el toscano y el francés, se añadió a las lenguas de hablantes de gallego, asturiano, vasco, aragonés y catalán-valenciano como lengua igualmente propia, y pasó a llamarse español. Lo diré con prudencia, pero no debo silenciarlo: que hay quien prefiere llamarlo castellano con valor estilístico, pero también quien lo hace con el fin de degradar su innegable influencia en toda España.

Una lengua germánica se introdujo, en boca de sus guerreros, en las islas Británicas. Aquél ejército había sido invitado por los celtas britones para defenderse de los celtas irlandeses. Y una vez instalado, se quedó. Y eclipsó a la gran lengua celta de las islas, el britónico, y a la otra lengua celta del norte, el picto.

Las lenguas eslavas, analfabetas en la época de los romanos, fueron luego cultivadas con dos alfabetos, el cirílico para los pueblos ortodoxos, el latino para los católicos. Y fue llevado a tal extremo el uso que el sebo-croata se sirve del inspirado en el griego para los serbios, y del latino para los croatas, y también para polacos, checos y eslovacos.

Europa es cuna de la cultura occidental. Las naciones europeas se instalaron a la cabeza de los asuntos mundiales desde el siglo XVI, época de las colonizaciones, por todo el planeta, y allí donde fueron, llevaron sus lenguas.

Primero Colón se encontró con el nuevo mundo, el que dio cobijo a los aventureros españoles, luego portugueses y después ingleses y franceses que construyeron la América de las cuatro lenguas: español, inglés, portugués y francés.

En los siglos XVII y XVIII las naciones europeas controlaron la mayor parte de África, gran parte de Asia, y Oceanía, donde llevaron el inglés, el francés, el portugués, español, alemán y holandés. Se alzan así las lenguas indoeuropeas como las más utilizadas por la humanidad.

Las dos guerras civiles entre europeos, también llamadas guerras mundiales, golpearon con crueldad al viejo continente. Humillados y arrepentidos, los europeos iniciaron un lento y costoso proceso de entendimiento que llamaron  Unión Europea, una nación de naciones que avanza o cree avanzar, y que se entiende, o cree entenderse, y que, en el mejor de los casos, parece crecer, pero no desprecia los retrocesos.

Nadie hasta ahora ha podido evitar que nos dividamos en cincuenta países, y que cada uno de ellos se empecine en potenciar, desarrollar y singularizar, como decíamos, sus señas de identidad: sin evitar, muchas veces, el menosprecio a las ajenas. Algunos países europeos sienten el mismo desprecio por los países vecinos que los hinchas del Real Madrid por los de Barcelona, o los de Villanueva de arriba por los de Villanueva de abajo.

Ni noruegos ni suizos solicitan su entrada en el club, y buena parte de los ingleses quieren irse. A nadie le gusta asociarse con los menos ricos. El puzle de países de los Balcanes se tambalea después de su cruel guerra y busca estabilizarse para que el club autorice su ingreso. A Rusia, altiva y orgullosa de su pasado, le encantaría liderar la unión, pero sus socios están en Asia. Uno de sus dos aliados europeos, Ucrania, intenta cortar los lazos, el otro, Bielorrusia, mantiene su fidelidad.

La fragmentación inútil, los cotos, los límites irracionales añaden territorios sin identidad convencional que gozan de cierta autonomía, e incluso de una independencia teórica con la anuencia o el silencio de los demás, como Gibraltar, la isla de Man, o la autoproclamada República de Kosovo.

Descubrimos en las sesenta lenguas europeas que muy pocas  se identifican con el territorio de una nación.

Rara vez un país se tiñe del tono, del acento, del deje, de la afinidad de una sola lengua. El alemán se esparce por Austria y Suiza; el francés por Bélgica, Suiza y también Italia, y el catalán por Cataluña, pero  traspasa las fronteras comunitarias hacia Aragón, Comunidad Valenciana e islas Baleares, e incluso Murcia; y también traspasa las fronteras nacionales por Francia, Andorra y  el noroeste de la isla de Cerdeña. Tampoco es el alemán la lengua única de Alemania, donde convive con el sorbio, lengua eslava de la región de Lusacia, y el danés. Y si queremos ser  exhaustivos, tendríamos que añadir los más de dos millones de hablantes de turco, y el millón de serbocroatas,  entre otros.

Hemos llegado al siglo XXI así, con este perfil, con los atuendos que conocemos y no de otra manera más romántica o deseada. Podría ser otra cosa, pero tenemos esto.  ¿Tienen todas las lenguas los mismos usos? ¿Están al servicio de las mismas necesidades? La respuesta es clara: no. Claro que no. Las publicaciones y medios audiovisuales en aranés o en mirandés no son las mismas que en portugués o español. Para el desarrollo de estos usos dedicaremos otro capítulo.

¿Tienen que aprender catalán los monolingües de Cataluña?

puigdemontEl nuevo presidente de la Generalidad de Cataluña acusa al estado de humillar y menospreciar al catalán. Tal vez los nacionalistas exaltados no conocen o no quieren conocer la situación de territorios ambilingües, o si lo conocen, reconocen que esos principios no van con ellos. También he oído decir que la implantación del español en Cataluña fue un genocidio lingüístico. Se escudan así quienes se adscriben a una generación de ambilingües fanáticos que se han propuesto envolver toda su vida en catalán, y solo en lengua catalana, aunque el proyecto resulte imposible. Y defienden que quien viva en Cataluña deba hablar catalán porque es la lengua propia de la región, y el castellano la invasora.

Bastaría revisar la historia para comprobar que las lenguas se agrandaron o achicaron con la naturalidad y libertad que desearon sus hablantes. ¿Cómo habría que explicar la expansión del griego por el Mediterráneo o del latín en las Galias o del inglés en las Islas Británicas o del español en América? Ni Alejandro Magno, ni Julio César, ni las tropas germánicas ni los conquistadores Cortés y Pizarro contribuyeron a la extensión del griego, el latín, el inglés o el castellano mediante pacíficas charlas, sino con crueles y violentas batallas sin respeto alguno a los conquistados, a quienes podían quitarles la vida, pero no sus lenguas. Tampoco las impusieron. Por eso permanecen muchas de ellas y también muchas de las que han desaparecido lo habrían hecho sin la presencia de la lengua de los conquistadores.  descarga

No entraré en cuestiones más propias de historiadores que de sociolingüistas. Por eso no hablemos de los motivos más o menos justificados de las guerras quienes somos partidarios de la paz, pero sí de la imposibilidad de cambiar la historia. Estamos donde estamos y tenemos las lenguas que tenemos por razones absolutamente ajenas a nuestra voluntad. Ningún monolingüe actual de Cataluña es responsable político del pasado. Probablemente no estamos de acuerdo con las fronteras políticas, relativamente fácil de cambiar. Las fronteras lingüísticas, sin embargo, pertenecen a un patrimonio inviolable en pocas generaciones, aunque sí manipulable. Ninguna de las personas que actualmente viven en el planeta podrá ver el desalojo de la lengua más hablada en Cataluña, que es el español.

Los hablantes ambilingües lo son con toda naturalidad, con los modos naturales de la evolución de las lenguas. No es una insuficiencia nacer monolingüe, ambilingüe o plurilingüe, sino una situación tan natural como nacer hombre o mujer, rubio o pelirrojo, bajito o grandullón.

Otros argumentos en boca de ambilingües o de bilingües más o menos diestros en catalán minimizan la afrenta al considerar que más vale favorecer la lengua más débil para que alcance el nivel de la más hablada. Resulta difícil hacerles entender que las lenguas ni son nobles ni son mendigos, sino rasgos intrínsecos de sus hablantes, y que todas las lenguas son ricas o pobres en función de lo que deseen hacer de ellas sus propietarios.

Los lingüistas españoles expresaron su opinión en los en los inicios de la exaltación nacionalista y su exótica batalla, pero fueron acallados por un extraño poder que protege la iniquidad. Ni Enrique Bernárdez, ni Juan Carlos Moreno Cabrera, ni Carme Junyent abordan la humillación. El sociolingüista Gregorio Salvador y su discípulo Juan Ramón Lodares sí defendieron a los agraviados, pero la vejez de don Gregorio y un inoportuno accidente de tráfico sufrido por el coche del segundo silenciaron la voz de los dos.

Mi ensayo Las batallas de la eñe: lenguas condicionadas y nacionalismos exaltados aborda la situación de menosprecio hacia los catalanes monolingües. He notado cómo los medios de comunicación que me han entrevistado, salvo alguna excepción, frenan las preguntas antes de poner en clara evidencia mi desacuerdo con la política lingüística de las autoridades autónomas catalanas porque ese tipo de críticas no está de moda. Esa misma actitud silenciosa inspira a la mayoría de los partidos políticos, salvo algún grito sordo  y aislado. La defensa de las lenguas condicionadas se alza como reivindicación de las políticas de izquierda, frente a las actitudes de derecha que se muestran más favorables a la unidad lingüística con el español. En nuestro país vecino, Francia, derechas a izquierdas, extremas o no, coinciden de manera inequívoca en la necesidad de garantizar al francés como lengua para el entendimiento entre todos los franceses. Parecidos aires corren por los países europeos. Para los separatistas catalanes exaltados la única manera que encuentran para promocionar y distinguir a una de sus dos lenguas propias es despreciar a la otra, aunque sea la única en la que todos se entienden.

La opinión de los hablantes, sin embargo, no entra en conflicto. La lengua de todos los días es el catalán o el castellano según los momentos y los ambientes, sin que nadie se moleste. Menos libre se muestra la lengua principal entre los partidos políticos nacionalistas donde hablar catalán se alza como símbolo y reconocimiento de la identidad nacional.

Las lenguas son patrimonio inviolable del hablante. Humillar al vecino porque ignora la tuya ha sido considerado, en todos los lugares del mundo y en todas las épocas como una ofensa y humillación inaceptable. Ahora en Cataluña quienes solo hablan castellano, pertenecientes casi siempre a las clases menos favorecidas, son tratados como inferiores. Un principio elemental de la sociolingüística considera que los hablantes se hacen, antes de los veintitrés años, con las lenguas que necesitan. Imponer el uso de otra está fuera de cualquier principio ético. La promoción de una lengua, sin duda alguna necesaria y elogiable, no ha de lesionar, en ningún caso, a quienes no la aprendieron o no la quieren aprender porque no la necesitan.

Espero que la extraña convivencia de estas décadas sirva para devolver a ambas lenguas al cauce del que nunca debieron separarse.

¿Conocemos las lenguas que necesitamos?

36691-2-como-aprenden-a-hablar-los-ninosLas lenguas son códigos, instrumentos de comunicación. La pertenencia al género humano exige conocer, de manera natural, sin esfuerzo específico, una lengua, dos o más, y usarlas como propias o maternas. Y añadir, en su caso, con voluntad de aprendizaje, no ya como natural, alguna o algunas más que contribuyan a completar la formación. Las lenguas heredadas más las adquiridas forman el repertorio de idiomas de un hablante.

Estos códigos se instalan en el cerebro mediante dos procedimientos bien diferenciados. El primero es natural y ocupa un lugar de privilegio durante los primeros años de vida. Es un suave proceso de captación tan fácil de observar cómo difícil de explicar. El hecho es que los términos, códigos y normas se acomodan, sin esfuerzo, sin enseñanza específica, en el entendimiento.  En las familias de padres de distintas lenguas maternas o en territorios ambilingües pueden instalarse dos con la misma facilidad, y a veces tres. En Samarcanda, por ejemplo, sus hablantes heredan una variedad del persa llamada tayico, pero la población conoce el uzbeco, que es la lengua nacional, y también el ruso, que es la lengua de desarrollo cultural. Necesitan todas para cubrir las mismas necesidades que hablantes de otros dominios cubren con dos, y otros con una.

Llamo a los hablantes de lenguas propias o maternas monolingües, ambilingües o plurilingües según necesiten una, dos o tres o más para comunicarse. Para este proceso natural de acomodo no siempre está el cerebro disponible. La predisposición se muestra receptiva hasta los seis o siete años. Hasta los quince deja que se instale cualquier lengua sin esfuerzo. A partir de los veintitrés muy poco se puede añadir. Los cauces intelectivos cristalizan en proceso irreversible. Comparto, sin embargo, con otros teóricos la variedad de excepciones que estos principios generales despliegan.

Visto así, y para evitar confusiones, llamo lengua propia a lo que tradicionalmente se ha llamado lengua materna, es decir, aquella que, instalada en la infancia, se aleja de un proceso específico de estudio para su adquisición. Las lenguas propias sirven de base para la valoración subjetiva del individuo con respecto a las lenguas que más tarde añade. Toda la articulación no asimilada en el periodo de aprendizaje de lenguas propias se convierte en sordera lingüística.

Individuo y lenguas

A las que se instalan mediante un estudio específico las llamo lenguas adquiridas, y a sus hablantes bilingües o plurilingües. La mayor parte de quienes nos reunimos aquí, en Moscú, en esta séptima conferencia de hispanistas, nos atañe la responsabilidad de enseñar español como lengua adquirida.clases-de-ingles

Los anglófonos tienen una sola lengua propia, y no se prestan a añadir otra en ningún grado de destreza. Y nadie considera, salvando las distancias, que sean por ello más idiotas que los bilingües, políglotas, ambilingües o plurilingües. Quienes tenemos al español, francés, alemán o ruso como lengua propia necesitamos distintos grados de bilingüismo con el inglés, pero no un conocimiento absoluto. Miles de españoles pierden el tiempo y el patrimonio en cursos de idioma superfluos, o muy poco necesarios. Por eso en algunas universidades, entre las que esta se incluye, se enseña el español con fines específicos, y no con voluntad totalizadora. Queda claro que no parece esencial aprender chino, ni bengalí, aunque sean lenguas muy habladas, y tampoco polaco, y ni siquiera sueco, aunque sean lenguas vecinas. La lengua añadida nunca alcanza el grado de destreza de la propia.

Los íberos, los galos y los etruscos son ejemplos de hablantes que fueron ambilingües con el latín durante no sabemos cuánto tiempo, y que luego perdieron su lengua al encontrar más eficacia en el manejo del latín, la lengua imperial. Cuando un pueblo usa una lengua materna y cambia a otra pasa por un periodo que puede durar siglos en el que sus hablantes son ambilingües.

Para señalar esta situación transitoria llamo condicionada a la lengua que languidece. Las lenguas condicionadas están en peligro porque sus hablantes se sirven cada vez más de la lengua condicionante, y eso viene sucediendo con el inglés frente a los centenares de lenguas de la India; con el polaco frente al casubio; con el francés frente al bretón, al alsaciano o al catalán rosellonés; con el italiano frente al catalán alguerés; y con el castellano frente al aragonés, asturiano, gallego, valenciano y vasco. Y tendría que suceder también con el catalán de Cataluña, pero los políticos de ideología nacionalista, tan ajenos, a mi parecer, a los principios de la evolución de las lenguas, han forzado o pretenden forzar el desarrollo natural.

Jordi, nacido en Francia, es hijo de madre catalanohablante que ha desarrollado su profesión en Francia, que redactó en catalán su tesis doctoral; que aprendió francés en la infancia, y que imparte clases de lingüística española en la universidad de Bretaña. Difícilmente se puede encontrar un ejemplo mejor ajustado para un uso plurilingüe familiar y cultural de las tres lenguas. Jordi, como cabía esperar, es ambilingüe de catalán, lengua de su madre, y francés, lengua de su padre, y se va a casar con francófona monolingüe. La lengua familiar va a ser, por imposición social, el francés, mientras que el catalán de Jordi quedará relegado a un uso familiar cada vez menos frecuente. No lo transmitirá. La fundación de una nueva familia es el ambiente natural para la pérdida de las lenguas que viven en contacto con otra más universal.

No entraré en condicionantes políticos para no enturbiar mi ponencia. Los lingüísticos que tomo en consideración pertenecen a los cauces naturales de las lenguas y su transcurrir en el tiempo. Las lenguas son elegidas de manera natural por los hablantes y no van ganando espacios con machetes y metralletas. Los hijos de Jordi no nacerán plurilingües como su abuela, ni ambilingües como su padre. Sin derecho a elegir, serán monolingües de francés y nadie se va a rasgar las vestiduras. No hay razón para pensar que el hijo de Jordi vea limitadas con su monolingüismo sus posibilidades de comunicación. Es la familia y su entorno quienes otorgan, sin pamplinas, las lenguas que nos han de servir de códigos útiles de comunicación.

A una de las dos lenguas de los hablantes ambilingües territoriales, la que resulta insuficiente para la comunicación total, la llamamos lengua condicionada. Las lenguas condicionadas no existen en hablantes monolingües. Irremediablemente se añade otra con las sencillas maneras de las lenguas maternas. El caso del catalán no es una excepción. Tienen asiento en Europa más de cuarenta lenguas condicionadas. Unas veces sus hablantes necesitan el francés, como los de bretón o alsaciano; otras el inglés, como los de galés o irlandés; otras el italiano, como los de veneciano, calabrés o sardo; otras el ruso, como los de tártaro, georgiano, uzbeco, osético, moldavo, kirguiso o bielorruso; y otras el español, como los de catalán, valenciano, gallego o vasco, pero también, en América, los de náhuatl, zapoteco, quechua, guaraní o araucano por nombrar solo algunos idiomas precolombinos.

Los hablantes de lombardo, casi diez millones, forman el grupo más numeroso de ambilingues europeos, seguidos muy de cerca por los casi ocho millones de napolitano o calabrés. El siciliano, el catalán-valenciano, el gallego, el veneciano y el piamontés superan los dos millones.

Y es que las lenguas son bienes tan naturales que disponemos, en uno u otro nivel, de aquellas que necesitamos.

Las claves del desafío catalanista

mapa_llenguaLos poderes públicos regionales, con normativas favorables a las lenguas minoritarias, dictaron leyes que debilitaron las normas elementales de respeto y convivencia, y que en Cataluña condicionaron la libertad de quienes solo hablan castellano, que son mayoría en esa y en todas las demarcaciones hispánicas.

Pero el caso del catalán de Cataluña se hizo más complejo. Veamos las razones.

Se habla catalán o valenciano o balear, que así pueden llamar sus hablantes a la lengua, en los siguientes territorios administrativos:

  1. La ciudad de Alger en la isla italiana de Cerdeña, donde sus hablantes pueden llamarlo alguerés
  2. El territorio francés del Rosellón donde la ciudad más poblada es Perpiñán.
  3. El Principado de Andorra, donde convive con el francés y el español, pero tampoco cuenta con hablantes monolingües.
  4. La Comunidad Autónoma de Aragón
  5. La Comunidad Autónoma de Cataluña donde la ciudad más poblada es
  6. La Comunidad Autónoma de las Islas Baleares donde sus variedades pueden recibir el nombre de malloquí, menorquí o ibicenco.
  7. La Comunidad Autónoma de Valencia, donde recibe el nombre de
  8. Y la Comunidad Autónoma de Murcia, donde es también llamado valenciano.

Durante unos cinco siglos los hablantes de catalán-valenciano-balear lo han sido también de italiano, francés o español como lengua complementaria. Pero en las últimas décadas un sector de los hablantes ambilingües de Cataluña, y solo ellos, reivindican su lengua, desde el poder, como única en su dominio autonómico. Para ello han tomado medidas para frenar y eclipsar la presencia del español, que pueden resumirse en las siguientes:

– Desaparición como lengua vehicular en la enseñanza. En Cataluña se puede estudiar en francés, en inglés, en italiano o en alemán, pero no en castellano.

– Prohibición de su uso en la administración (consultas, folletos, documentos, impresos, correspondencia, indicaciones de tráfico…).

– Ausencia del castellano en tantas cuantas indicaciones públicas se esparcen por el territorio ambilingüe.

– Prohibición de rotular en castellano, única lengua que llega a todos los hablantes, y sanción económica a quienes lo hacen. Las otras lenguas del mundo, sin embargo, están autorizadas.

Necesitaríamos una estadística que mostrara con transparencia cuántos son los catalanes monolingües y cuántos los ambilingües, pero ese es el secreto mejor guardado. Para enmascararlo, no se pregunta en las encuestas por la lengua materna o propia de los hablantes, sino por si entiende, lee, habla o escribe, que es la mejor manera de confundir los resultados. Es sabido que mostramos una tendencia natural a engrandecer nuestros conocimientos, y mucho más en lo que se refiere al de las lenguas cuando nadie ha de comprobarlo. De esa manera la implicación del ciudadano con el catalán es, como cabría esperar, casi absoluta. La misma encuesta en Extremadura, donde el estudio de una lengua extranjera es obligatorio en todos los centros de enseñanza, podría deducir que el ochenta por ciento de los jóvenes extremeños leen, entienden, hablan o escriben en inglés.

Los catalanes monolingües, especialmente los jóvenes, imposibilitados para cursar estudios en castellano, lo hacen en catalán y se protegen, si lo desean, con la consigna que el gobierno regional ha dictado de manera subrepticia, que conocer dos lenguas es un bien, por lo tanto nosotros somos más que el resto de españoles, pues ellos solo hablan una. La demagógica consigna oculta lo innecesario de obligar a una comunicación en la lengua menos útil, y sobre todo la privación de un bien inalienable: la libertar para elegir la lengua en que uno quiere formarse.

El catalán de Cataluña, que no el hablado en las otras siete demarcaciones administrativas, se alza así como una lengua que pretende erradicar al español de su territorio, aunque el español sea el único idioma común de los catalanes. Es fácil encontrar museos o exposiciones donde, ajenos a los más elementales principios de respeto a la lengua materna, se usa el catalán y el inglés, y no el español. Cuando visité hace unos años la exposición de los Guerreros de terracota de Xian, un video en catalán se proyectó de manera obligada para los visitantes, mayoritariamente españoles de distintas procedencias, aunque, eso sí, con subtítulos en inglés.

No añadiré, por innecesario, que el conflicto no se repite en ninguna de las otras legislaciones europeas sobre la presencia de lenguas minoritarias en sus territorios.

 

DOMINIOS AMBILINGÜES DEL CATALÁN-VALENCIANO
Territorio País Población Hablantes ambilingües Lengua principal Política

Lingüística

Cataluña Esp 7.500.000 2.700.000 español Imposición del catalán. Eclipse imposible del castellano.
Valencia Esp 5.000.000 2.000.000 español Libre elección de la lengua de enseñanza
Baleares Esp 1.120.000 400.000 español Variaciones según el gobierno regional.
Rosellón Fra 450.000 35.000 francés Sin política lingüística. Iniciativas municipales para el catalán.
Aragón Esp 1.300.000 33.000 español Sin política lingüística. Los hablantes no la solicitan
Andorra And 77.000 26.000 esp/fra Tres lenguas habituales. Libertad de elección.
Alguer Ita  44.000 8.000 italiano Sin política lingüística.
Murcia Esp 1.500.000 350 español Sin política lingüística.
TOTAL 16.991.000 5.169.350

Diremos, para resumir, que las lenguas propias de Cataluña son,  desde el siglo XVI, dos, el catalán y el castellano. Desde entonces los grandes escritores de Cataluña suelen elegir, pues poseen ambas con igual destreza, el castellano. Si en el pasado hubo hablantes monolingües de catalán, hoy ya no existen. Los monolingües de castellano superan, como hemos dicho, a los ambilingües, pero las políticas lingüistas, sin embargo, se conciben como si solo existiera una lengua propia en Cataluña, el catalán.

Se ha instalado la moda, incentivada por las clases políticas, de expresarse en catalán sin tener en cuenta la lengua del interlocutor porque los nacionalistas exaltados han decidido, en falsa reciprocidad, que los hablantes monolingües deben entenderlos como ellos entienden el castellano. El ningún otro momento de la historia de la humanidad se ha desarrollado, a mi entender, tanta irracionalidad en las políticas lingüísticas.

Y se expresan algunos hablantes con tal ligereza y arrogancia que empieza a ser educado en Cataluña humillar a los monolingües. Y ha llegado a tal extremo la exigencia que resulta obligatorio mostrar conocimientos de catalán en distintos grados, aunque los ambilingües sean minoritarios. De cualquier manera, y en contra de todo principio elemental de convivencia, se impone en muchos ambientes por iniciativa del grupo más fuerte la lengua menos útil.

Los tres periodos de la historia de la lengua catalana

La historia de la lengua catalana transcurre en tres etapas: la monolingüe, la ambilingüe y otra muy reciente, la de la ruptura en Cataluña.

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Porcentaje de hablantes que tienen al catalán como lengua habitual. No existen estadísticas que sirvan para elaborar un mapa de quienes tienen al catalán como lengua propia o materna.

El periodo monolingüe se extiende desde las más antiguas muestras de identidad hasta los inicios del siglo XVI. Durante esa etapa medieval de algo más de tres siglos el catalán es lengua única y habitual de sus hablantes, y desarrolla en Valencia, donde es llamado valenciano, una literatura que ocupa un lugar de privilegio entre las grandes de la humanidad.

El periodo ambilingüe abarca los cinco siglos siguientes, y se inicia cuando la vitalidad de la lengua se desvanece porque sus hablantes, que pertenecen a la corona de Castilla, se apropian del castellano, lengua imperial, para el uso habitual de la comunicación. La lengua del imperio eclipsa también al valenciano, gallego, vasco, asturiano y aragonés. De la misma manera el latín había oscurecido a las lenguas mediterráneas de la antigüedad; y el toscano, hoy más conocido como italiano, por la misma época, a las docenas de lenguas de la península itálica. El proceso no esconde violencia ni imposición. Son los hablantes quienes se apropian de una lengua que les resulta útil. Un caso más reciente lo encontramos en la India y la adopción del inglés. Desde entonces, y hasta ahora, el catalán y las otras lenguas hispánicas viven su periodo de observación del mundo compartido con el castellano, que se instala en la cotidianeidad con la misma naturalidad que las lenguas maternas, es decir, sin esfuerzo alguno, con toda llaneza y sencillez, sin tapujos.

El periodo de ruptura se inicia a principios de los años 1980 cuando España se divide para su administración en diecisiete autonomías. Buena parte de las competencias se concedieron a las regiones, y éstas desarrollaron sus propias leyes. Fue entonces cuando los poderes públicos autonómicos, en un paradójico intento de identificación, señalaron como lenguas propias de Cataluña, del País Vasco y de Galicia al catalán, gallego y vasco, respectivamente. Un embarazoso error, en mi opinión, porque faltó considerar que mucho más propio de los citados territorios es el español, lengua también propia o materna de sus hablantes, asentada durante más de treinta generaciones.

El futuro de la lengua española

Mientras las cosas no se tuerzan, que no parece que vayan por mal camino, el español ha de gozar de uno de los mayores privilegios que la historia concede a una lengua. Con la universalización de su literatura atraviesa un periodo semejante al que vivió el latín en el siglo I, el griego en el siglo V a.C. o el francés en el XVIII. Ya nadie lo considera patrimonio de los españoles, sino de la humanidad, que es el mayor galardón que puede recibir una lengua. Las miradas de quieres lo estudian, practican o simplemente lo admiran no se dirigen solo hacia Madrid, sino hacia tantos puntos a la vez que no encuentran referencia única. Es el español la lengua del argentino Jorge Luis Borges, del mexicano Octavio Paz, del chileno Pablo Neruda o del colombiano Gabriel García Márquez, aunque también de los gallegos Camilo José Cela o Gonzalo Torrente Ballester, de los vascos Miguel de Unamuno o Pío Baroja y de los catalanes Juan Boscán, Goytisolo o Eduardo Mendoza, y de tantos otros con tantas y tan variadas nacionalidades y orígenes, vivencias y convivencias que las miradas hacia la lengua de Castilla se pierden entre los confines de los continentes. Su caudal léxico, ancho y extenso, es común en su uso elemental y diario, y se añaden voces específicas en cada región. Por eso hablamos de palabras del español propiamente asturianas, vascas, catalanas, andaluzas, murcianas, canarias, cubanas, mexicanas, panameñas, ecuatorianas, bolivianas, rioplatenses, chilenas…

El sistema permite la creación de todo tipo de terminologías, en cualquier campo. Y si se muestra permeable y receptivo a los neologismos ingleses, no es sino por esa dimensión útil, práctica y generosamente suave en sus transacciones. La receptividad es propia de las lenguas que se muestran hábiles, y no rígidas o exigentes, pues todas nutren su vocabulario con el de otras. Incluso el inglés está rociado de helenismos y latinismos que hoy, ajustados y limados por los hábitos fónicos anglófonos, solo los expertos identifican.

El riesgo de fragmentación es mínimo es mínimo. Las diferencias entre las regiones son insignificantes si las comparamos con la unidad. Los hablantes de español no disponemos, como los de inglés, de tres grandes países que expanden su influencia y su cultura, ni tampoco de una colección de países, como los de francés, que admiran la sabiduría y la cultura a través de una lengua europea. Tampoco nuestros hablantes se concentran en una gran nación o en una nación muy poblada donde se multiplican. El español se distribuye por el mundo en amplio espectro. Se admira sin condiciones, con naturalidad, en cualquier lugar del planeta.

Y si el español se ha extendido con elegancia ha sido porque los hablantes de leonés y aragonés, que fueron sus primeros vecinos, y luego los de catalán, gallego o vasco, la eligieron, y después abandonaron o mantuvieron la lengua propia. Y también porque la adoptaron los países americanos sin que nadie la impusiera. Las lenguas no aceptan la tiranía de los gobernantes. Están, eso sí, a disposición de los usuarios, y una serie de acontecimientos las in­citan a desarrollarse, extenderse, difundirse, universalizarse, y también a relajarse, apartarse, desinteresarse por ellas o dejarlas morir, que es el fin obligatorio de todas. La nuestra no puede ser una excepción, pero le queda mucha vida. A estas alturas el español está llamado a perpetuarse, no sabemos cuántos siglos, a recordarse y a instalarse eternamente en la conciencia de los hablantes de los cinco continentes como una de las lenguas más ricas y codiciadas por la humanidad.

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¿Cuántos hablantes emplean con regularidad la lengua española?

monolinguismoUna lengua propia es aquella que define la identidad del individuo y que, aprendida en la infancia, es utilizada a diario con normalidad. El término, más aconsejable que el de materna, sirve para designar a la lengua o lenguas que un hablante recibe durante los años en que la capacidad de fijación no ofrece resistencia.

A quienes tienen una sola lengua propia los llamamos monolingües. Suelen ser hablantes monolingües los anglófonos porque está tan extendido el inglés que no necesitan otra.

A quienes tienen dos lenguas propias los llamamos ambilingües porque aprendieron ambas en la infancia y se sirven de ellas con normalidad en el desarrollo de sus actividades diarias o casi diarias. Es el caso de los hablantes de catalán, valenciano, gallego o vasco, que desde la infancia utilizan el español como lengua de la cotidianeidad.

A quienes tienen tres lenguas propias los llamamos prurilingües porque aprendieron las tres en la infancia y se sirven de ellas con normalidad en el desarrollo de sus actividades diarias o casi diarias. Es el caso de los hablantes de aranés, en el valle de Arán, que necesitan la lengua de la autonomía, que es el catalán, y también el castellano, que es la lengua de la nación. Las tres estuvieron presentes en la infancia y siguen estando en su vida diaria.

El hablante bilingüe, sin embargo, tiene una lengua propia, y otra añadida con un estudio más o menos intenso después de la infancia. Son bilingues los hipanófonos que se defienden en inglés con mayor o menor habilidad. Si hablan también francés, o alguna lengua más, los llamamos políglotas.

Quienes emigran en la madurez a un país con lengua distinta a la propia no llegan a ser ambilingues porque guardan permanentemente unos rasgos de la lengua propia que los identifican. Quienes nacen en familias que usan dos lenguas en casa, son ambilingues hasta que abandonan la vida familiar y desarrollan su adtividad profesional. Solo entonces, de manera automática, una lengua prevalece sobre la otra y dejan de ser, porque el ambiente no lo exige, ambilingües.

Esta distinción tan sutil no ayuda al recuento porque no lo contemplan las estadísticas lingüústicas. Muy al contrario. Las encuestas plantean preguntas enmarañadas como habla, lee, escribe o entiende para ocultar la verdad cuando eso es lo que pretende el encuestador.

¿Qué lengua es más importante para un habitante de Perpignan? ¿Es el catalán aprendido en el seno familiar ? ¿Es el francés, que ha servido para abrirle camino a través de la comunicación humanística y científica? Habría que contarlo como hablante ambilingue, claro. Pues lo que les interesa a los políticos es enmarañar, aunque no precisamente en ese territorio.

En todas las cifras hay siempre algún grado de inexactitud, y otras veces son exageradamente confusas. El hindi pasa por ser la segunda o tercera lengua de la humanidad, según se cuenten sus hablantes. Pero resulta complicado considerar el grado de entendimiento entre sus variedades, muchas de ellas más distantes que el gallego del castellano. Y realmente carecemos de datos objetivos que nos permitan saber si el hindi es la segunda, la tercera o la quinta lengua de la humanidad. Y en una situación parecida está el árabe, tan fragmentado que muchos de sus hablantes no se entienden, pero todavía prevalece la imagen de la unidad y solo a veces aparecen sus variedades como lenguas independientes.

Y podríamos añadir algo más: la lengua más hablada del mundo, el chino mandarín, no viaja, aunque sí lo hagan sus hablantes. Mucho más extendida y universal es, en ese sentido, la situación del francés, aunque con bastantes menos hablantes. O dicho de otra manera, el francés, unas diez veces menos hablado que el chino, tiene más presencia, relevancia y utilidad en las relaciones internacionales que la lengua más hablada del mundo.

Así considerado, el inglés en rico en hablantes bilingues, pues buena parte de la humanidad lo aprende, pero dispone de menos hablantes de lengua propia o materna que el español. Por eso decimos que el español o castellano es la segunda lengua más hablada del mundo después del chino. No lo digo con intención nacionalista o narcisista, sino como aclaración sociolingüística para responder al complicado asunto del recuento de hablantes de una lengua.