LA BREVE VIDA DE LA LENGUA MOZÁRABE

Linguistic_map_Southwestern_EuropeEl latín en boca de los hispano-godos que habitaban los dominios ocupados por los árabes, que en los dos siglos que sucedieron a la invasión fue la lengua más hablada, evolucionó y se transformó en la lengua que conocemos como mozárabe. La palabra árabe musta’rib significa arabizado. El mozárabe sería, por tanto, el latín arabizado.

Si la reconquista no hubiera tenido éxito, o si se detiene a mitad de su recorrido, el mozárabe podría haberse convertido, por qué no, en una lengua moderna. Pero los destinos fueron otros. El árabe, compañero del islam y armado hasta las cejas en su camino expansionista llegó primero a Egipto, donde engulló a la mágica y gloriosa lengua de las pirámides, y no tuvo dificultades en borrar, con fuerza tan espiritual como corpórea, toda traza de griego y de latín. Los hablantes de lenguas bereberes del norte de África no perdieron su lengua, pero sí se vieron pronto condicionados por el ambilingüismo. Y cuando cruzan el estrecho de Gibraltar se encuentran con el latín tardío, que evoluciona de manera distinta a la de otras lenguas del norte peninsular. Los cambios, las alteraciones, los usos, las formas, la praxis y la vida diaria son situaciones tan dependientes del orden social que las lenguas, hábiles instrumentos, se ponen, sumisas y maleables, al servicio de las veredas y recovecos por donde transcurre la historia.

Pero volvamos a lo nuestro. De aquella lengua que hubiera podido ser y no fue, el mozárabe, sabemos muy poco porque no hay documentos escritos. Como tantas otras, se mantuvo ágrafa, aunque muchos de los préstamos árabes que aparecen en español, en portugués o incluso en sefardí, lo son a través del mozárabe: alimentos tan frecuentes como el arroz o la alcachofa, enclaves territoriales como la aldea, y cargos municipales como el de alcalde, o militares como el de almirante nos llegaron a través del mozárabe.

Y podríamos no saber nada más de aquella lengua iletrada si no fuera porque en el año 1851  fueron descubiertas unas pequeñas estrofas insertas en la poesía hebrea desarrollada en España durante la Edad Media. Utilizaban aquellos versos la escritura hebrea. Un siglo después, en 1942, parecidos procedimientos aparecieron en la poesía árabe, también en forma de estrofas insertadas en poemas más largos llamados moaxajas. Un hebraísta checo, Samuel Miklos Stern, los descubrió. Y fueron inmediatamente considerados como los más antiguos textos peninsulares en literatura romance porque la lengua que escondían aquellos caracteres, tan impropios para las lenguas latinas, no era sino el mozárabe.

Tanto el alfabeto hebreo como el árabe, ambos inspirados en aquella importante lengua vehicular que fue el arameo, se muestran, como hemos dicho, reacios a reflejar por escrito las vocales. Y como el mozárabe disponía de muchas más que las lenguas semíticas, hoy tenemos que reponerlas con sentido intuitivo, no siempre aceptado por quienes lo cotejan, en busca del término que quiso representar. Los criterios de interpretación difieren, pero he aquí la posible lengua mozárabe en una de aquellas estrofas llamadas jarchas:

Mio sîdî Ibrâhîm,

¡yâ tú uemme dolge!

fente mib de nohte.

In non, si non keris,

irey-me tib,

gari-me a ob legar-te.

Que podríamos traducir como: Mi señor Ibrahim, ¡oh tú, dulce hombre! Acércate a mí por la noche. Si no, si no quieres, yo iré a ti, dime dónde encontrarte.

Que los territorios ocupados por los árabes desarrollaran un dialecto distinto a los del norte es algo razonable, y que esas hablas estuvieran más influidas por el árabe, también. Lo tradicional en las civilizaciones no es imponer la lengua, sino dejar libres a los hablantes para su elección. Y los musulmanes, tan exigentes con la imposición religiosa, nunca lo fueron con otras costumbres porque hasta el siglo XX no se despertaron las conciencias exaltadas en busca de responsabilizar a la eñe de sus males.  Al conjunto de obras literarias escritas en una lengua románica peninsular con grafías del alifato árabe o alefato hebreo se le llama literatura aljamiada. La palabra aljamía deriva del árabe al‘aǧamíyya, que era el nombre con el que denominaban a las lenguas extranjeras.

Mozárabe y árabe, lenguas románica y semítica respectivamente, fueron desapareciendo a medida que avanzaba la reconquista. Ambilingües debieron ser muchos hablantes de aquellos dominios donde el árabe fue la lengua oral de los dirigentes y la escrita de todos, y el mozárabe la lengua oral ágrafa del pueblo, y también de numerosos dirigentes.

Lo milagroso es que el reino de Granada, último reducto, lograra perdurar dos siglos y medio respetado por los vecinos del norte. Contribuyó a la pacífica estabilidad las relaciones comerciales con el resto de Europa. Los dirigentes árabes granadinos, en cualquier caso, fueron capaces de impulsar la industria y la artesanía, y de aprovechar racionalmente los recursos agrícolas, y de activar el comercio con los países mediterráneos fueran o no musulmanes. La diplomacia granadina, rica en estrategias, tenía la virtud de mantener el equilibrio y aplacar a los castellanos con buenas palabras y gestos, pero también con un importante tributo en oro procedente de Sudán. Pero cuando los portugueses desviaron la ruta del oro hacia Lisboa, los castellanos, faltos de motivación, se decidieron a dar por finalizada la reconquista, y con ello sellar la muerte del mozárabe.

El rey Fernando, hábil político, planeó la ocupación. Primero fomentó las rencillas internas, después apoyó a la parte más débil frente a la poderosa, y luego prendió la chispa que había de encender la hoguera que acabó por reducir a cenizas al mozárabe. Ignoramos durante cuánto tiempo se prolongaría en boca de quienes tuvieran a bien mantenerlo.  Por entonces no había derechos constitucionales, ni estados autonómicos, ni institutos de lenguas. Ni siquiera se habían inventado aún las hermanitas de la caridad que tanto bien llegaron a hacer por los desamparados. Y como en boca de los moriscos o hispanos que habían vivido en territorio árabe la lengua tuvo cierta continuidad hasta avanzado el siglo XVI, buena parte de la toponimia de la provincia de Zaragoza y Teruel se mantuvo mozárabe, incluidos los nombres de las dos ciudades.

Se atribuye a la influencia mozárabe las diferencias entre el valenciano y catalán, y del portugués con el gallego, y del castellano de Murcia o de Andalucía con el de Castilla. Y eso es lo que queda vivo de aquella lengua, algunas marcas y signos que dan fe de que existió, que de otras ni siquiera conocemos el nombre.

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